¿Dónde está el sol? ¿Desde qué lugar ilumina el paisaje y la arquitectura? Estas son las primeras preguntas que Aros Llanos se plantea ante la omnipresente blancura del lienzo. Entonces, las gotas de acuarela, magistralmente absorbidas por su técnica, comienzan a buscar formas: ríos disueltos en mil reflejos dispersos, tejas erosionadas apiladas unas sobre otras, colores irascibles suavizados en un simulacro onírico. El paisaje encuentra sus puntos de fuga; la precisión del ornamento arquitectónico es meticulosa y detallada, descubriendo gradualmente la calma y la quietud en árboles borrosos y difusos. La placidez de la mirada es la clave; se confiere una sensación de secreta alegría. Uno se adentra en las obras de Aros Llanos en un verano invencible, una eterna primavera, un otoño apacible o un cálido invierno. Donde la mirada normalmente se fijaría en el detalle y la indiscutible realidad irrumpiría, Aros Llanos la desvía y la transforma —como un truco de magia— en un sueño sereno y placentero, uno que siempre es una lástima no poder recordar.